miércoles, marzo 06, 2013

El futuro sin Chávez



La muerte del presidente de Venezuela, Hugo Chávez, ocurrida ayer tras casi tres meses de ausencia en el cargo por motivos de salud, tiene implicaciones que rebasan, por mucho, el ámbito de la mera sucesión presidencial en el país caribeño: la ausencia definitiva del mandatario venezolano plantea una disyuntiva entre la continuidad o no del proyecto de transformación política, económica y social iniciado hace casi 14 años, que marcó un parteaguas en la historia de ese país y de la región.

En primer término, y con independencia de la opinión que se tenga sobre su estilo de gobierno y su personalidad, sin duda polémica y polarizante, es pertinente contrastar los epítetos de dictador que han sido formulados contra Chávez por sus opositores y críticos con la aportación realizada por el difunto mandatario al desarrollo democrático de su país: tras irrumpir en la escena pública en el contexto de una fallida intentona golpista contra el ex presidente Carlos Andrés Pérez, en 1992, Chávez supo transitar del ámbito militar a la defensa de la institucionalidad democrática y al sometimiento sistemático de las decisiones de su gobierno al veredicto de la soberanía popular y contribuyó, con ello, a que la ciudadanía de su país transitara del desencanto generalizado hacia las gestiones de los partidos políticos tradicionales durante la segunda mitad del siglo pasado –Acción Democrática y Copei– a la participación electoral constante y nutrida, y dejó, como legado, un sistema político renovado, en el que se desarrolla una competencia partidista real.

En materia social y educativa, la revolución bolivariana tiene logros indiscutibles como la erradicación del analfabetismo y la multiplicación del número de docentes; la activación de mecanismos de redistribución de la riqueza y el abatimiento de los indicadores de desigualdad social y de pobreza.

En el ámbito externo, la Venezuela chavista fue un referente principal en el viraje político ocurrido en la última década en América Latina, con el surgimiento de gobiernos que, con distintos matices y actitudes –la Argentina de los Kirchner-Fernández, el Brasil de Lula-Rousseff, la Bolivia de Evo Morales, el Ecuador de Rafael Correa, la Venezuela de Hugo Chávez–, han resuelto hacer realidad el principio de soberanía y han emprendido un realineamiento regional sin precedentes que busca la integración latinoamericana con superación de la miseria y las desigualdades sociales compartidas, y que han constituido un contrapeso necesario a la proyección hegemónica Estados Unidos en la región.


En forma paradójica, el peso específico que adquirió la figura del mandatario venezolano en el ámbito nacional y regional hace inevitable preguntarse por la estabilidad y la durabilidad de la revolución bolivariana, así como sobre la capacidad de Nicolás Maduro –quien se perfila como el candidato natural a suceder a Chávez– para erigirse en una figura que cohesione los diversos intereses dentro del círculo oficialista y en las bases sociales de apoyo al gobierno de Caracas.

No menos pertinente resulta la pregunta sobre las posibles implicaciones que el deceso de Hugo Chávez pudiera tener en la viabilidad de proyectos como la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (Alba), que agrupa a Antigua y Barbuda, Bolivia, Cuba, Dominica, Ecuador, Nicaragua, San Vicente y Granadinas, además de la propia Venezuela; la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños, que aglutina a todas las naciones del continente, con excepción de Estados Unidos y Canadá, y el Mercado Común del Sur, así como en los intentos de distintos gobiernos regionales por redirigir y diversificar sus relaciones diplomáticas con naciones como Rusia, China e Irán.

En meses y semanas próximos, y en la medida en que se vayan despejando las referidas interrogantes, podrá saberse si la revolución bolivariana es, como afirman muchos de sus críticos, un reducto del poder unipersonal, o si constituyeun entramado popular e institucional lo suficientemente sólido para dotarse de nuevos cuadros y liderazgos y para sobrevivir a su máximo dirigente.

-- Editorial de "La Jornada"

La demonización de Chávez


"Hugo Chávez es un demonio. ¿Por qué? Porque alfabetizó a 2 millones de venezolanos que no sabían leer ni escribir, aunque vivían en un país que tiene la riqueza natural más importante del mundo, que es el petróleo. Yo viví en ese país algunos años y conocí muy bien lo que era. La llaman la "Venezuela Saudita" por el petróleo. Tenían 2 millones de niños que no podían ir a las escuelas porque no tenían documentos. Ahí llegó un gobierno, ese gobierno diabólico, demoníaco, que hace cosas elementales, como decir "Los niños deben ser aceptados en las escuelas con o sin documentos". Y ahí se cayó el mundo: eso es una prueba de que Chávez es un malvado malvadísimo. Ya que tiene esa riqueza, y gracias a que por la guerra de Iraq el petróleo se cotiza muy alto, él quiere aprovechar eso con fines solidarios. Quiere ayudar a los países suramericanos, principalmente Cuba. Cuba manda médicos, él paga con petróleo. Pero esos médicos también fueron fuente de escándalos. Están diciendo que los médicos venezolanos estaban furiosos por la presencia de esos intrusos trabajando en esos barrios pobres. En la época en que yo vivía allá como corresponsal de Prensa Latina, nunca vi un médico. Ahora sí hay médicos. La presencia de los médicos cubanos es otra evidencia de que Chávez está en la Tierra de visita, porque pertenece al infierno. Entonces, cuando se lee las noticias, se debe traducir todo. El demonismo tiene ese origen, para justificar la máquina diabólica de la muerte."

--EG

Chávez, ese extraño dictador...


Astillero: Hugo Chávez



La figura de Hugo Chávez fue convenientemente demonizada para generar un infundado temor electoral en sociedades donde asomaba la posibilidad del cambio desde la vía pacífica. En México así sucedió especialmente en los comicios de 2006, cuando los múltiples poderes de élite amafiados para frenar a Andrés Manuel López Obrador asociaron en términos propagandísticos al venezolano con el tabasqueño, sin que siquiera éstos se conocieran personalmente ni mantuvieran comunicación o alianza política, en una maniobra de guerra sucia cuyos efectos de división social, atraso político y agravamiento de la corrupción y la injusticia se vivieron durante el periodo del calderonismo y continúan.

Chávez, a contrapelo de la imagen negativa que construyeron y difundieron los poderes por él confrontados, llegó y se sostuvo en el poder gracias a una aritmética electoral impecable, a una relación directa de beneficio a las grandes mayorías de su país y a un estilo personal de comunicación que incluyó ribetes que sacaban de sus casillas a sus adversarios, en especial la oratoria grandilocuente, la vocación cantora, las posturas antimperialistas retadoras y esa decantación inequívoca, tajante, orgullosa y militante en favor de las masas, del pueblo, de su gente y, desde luego, de la revolución bolivariana y su vía al socialismo en el siglo 21.

Aún en términos estrictos del muy discutible modelo democrático vigente, Hugo Chávez tuvo una legitimidad indiscutida, y a pesar de las permanentes campañas de descrédito en su contra falseando datos relacionados con la economía y exacerbando los puntos débiles de su gobierno, colocó a Venezuela en un lugar destacado de los escenarios mundiales, reavivó y confirmó la esperanza en la lucha por la mejoría de los pueblos y generó múltiples iniciativas internacionales de reagrupamiento y fortalecimiento de gobiernos de izquierda o progresistas (la Unión de Naciones Sudamericanas, Unasur; la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América, Alba; la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños, Celac; Petrocaribe, el Banco del Sur y Telesur, por dar ejemplos).

El acelerado proceso de declinación física de Chávez tiene como referente una gran consolidación electoral del Partido Socialista Unificado de Venezuela, que dejó a la opositora Mesa de la Unidad Democrática con solamente tres de las 23 gubernaturas en juego en diciembre pasado. En estos comicios regionales volvió a ser electo como gobernador de Miranda, la demarcación que incluye parte de la zona metropolitana de Caracas, el principal opositor de Chávez, Henrique Capriles, quien había obtenido 44 por ciento de los votos depositados en octubre del mismo 2012 para elegir presidente de la república, contra 55 por ciento a favor de quien luego, a causa de sus problemas de salud, no pudo presentarse a rendir protesta para su nuevo periodo de gobierno.

Capriles es el único personaje de la oposición venezolana con posibilidades de enfrentar decorosamente a Nicolás Maduro, designado por Chávez como su heredero político y encaminado abiertamente desde el lecho hospitalario cubano a ser el candidato a la continuidad en caso de que el comandante nacido en Sabaneta no pudiese cumplir su nuevo periodo de gobierno. Por sí misma, la oposición venezolana al chavismo parecería naturalmente encaminada a otro fracaso electoral, pero habrá de verse hasta dónde llega la mano de Estados Unidos, que ha hecho cuanto le ha sido posible para obstruir el proyecto huguista de cambio. Las fuerzas armadas han expresado inmediato respaldo a la institucionalidad venezolana, pero ayer mismo se había informado de la expulsión de dos agregados aéreos de la embajada de Estados Unidos en Caracas, uno por haber hecho propuestasdesestabilizadoras a militares venezolanos y otro por haber realizado contactos no autorizados con oficiales de las fuerzas armadas.


El propio Maduro expresó ayer una hipótesis respecto de la muerte de Chávez: Nosotros no tenemos ninguna duda, llegará el momento indicado de la historia en que se podrá conformar una comisión científicaque habrá de confirmar que el comandante Chávez fue atacado con esta enfermedad, (...) los enemigos históricos de esta patria buscaron el punto para dañar la salud de nuestro comandante. Aun cuando hay una cómoda proclividad en algunos medios para tratar de asumir que los procesos políticos se mueven sin conspiraciones (cuando lo natural en la política son los acuerdos secretos o discretos entre aliados que buscan derrotar o exterminar a sus adversarios, y aun cuando la historia de las relaciones de Estados Unidos con sus opositores es la de la permanente búsqueda de asesinar a los líderes insurrectos, como infinidad de veces intentó Washington contra Fidel Castro), el planteamiento de Maduro no es desproporcionado. Basta ver la insólita puntería cancerígena de años recientes contra mandatarios sudamericanos no alineados con Estados Unidos [...]

--JHL